En la cumbre de la penumbra, bajo la noche crispada de susurros y de besos, tu mano toca la mía. Y hay un puerta enorme en mi, la puerta de aquél armario, que dejé entreabierta para vos. ¿Y ya no teme? Yo que creía que la palabra era solo pensamiento. Un gesto de tu mano, un regalo de tus labios, un prodigio de tu mente… te apura el pulso, te espía la sombra, te empujan las ansias de desbaratar todos mis pretextos como el tiempo empuja las horas para que sea posible nuestro encuentro. Y es aquí, en el espejo teñido de vacilantes dudas que transcurre opaco este mundo y deja nacer un deseo.
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