lunes, 31 de diciembre de 2012

Complicidad excedida.


Excedida complicidad desbordada de deseo.
Excedida complicidad desbordante de placer.
Excedida complicidad,
eludida de toda lógica,
huida de toda razón,
libre de toda culpa,
fugada de los sentidos,
presa del corazón,
esclava de tu voluntad,
capturada por tus palabras.
Excedida complicidad convocada por la soledad.
Excedida complicidad invitada por nuestras lenguas.
Aquí, tendida, nuestra complicidad nos llama,
nos acorrala, nos ilumina, nos atropella,
nos deja sin aliento y nos llena de vida,
nos deja sin fisuras y nos llena de sentido,
nos deja sin calma y nos empuja a la existencia.
Excedida complicidad,
nacida muerta de miedo
peleada plena de secretos
crecida pequeña de fuegos
quemada fría de escarchas
ardida seca de agua
prendida tardía de soles
apagada brillante de besos.
Excedida complicidad,
que es divino entendimiento
porque tu lo has querido
y yo, yo ya lo había soñado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Cercanía...


Hoy me voy a referir al Amo en tercera persona otra vez, aunque escriba solo para él, porque estoy de acuerdo con lo que sostiene Rosa Montero:    “… el uso de la tercera persona convierte el caos de los recuerdos en simulacro narrativo y disfraza de orden la existencia”. Son tantas las vivencias que he tenido con el Amo hasta ahora y las revivo cuando las recuerdo, a veces se me entremezclan, por supuesto siempre, se me magnifican. Bueno, por eso. Comenzaré por evocar lo que es mi cercanía con mi dueño.


A mi Amo le gusta que lo acompañe mientras trabaja, mientras está ensimismado leyendo y escribiendo sus cosas, le gusta verme cada tanto tendida allí, cerca de su escritorio, sobre unos cojines bordados en delicados colores ordenados allí para tal efecto. Casi siempre me da indicaciones que pueden consistir en leer también alguna cosa o escribir o  meditar, hasta llega a pedir mi opinión sobre algún tema. Así, este intercambio intelectual suele convertirse en amena conversación. No creo que existan las palabras necesarias para describir las profundas emociones y sensaciones que estos momentos compartidos con él significan para mí.

Según su preferencia del día puedo estar con mi mínimo vestido blanco de kajira, hecho de batista y bordado con diferentes tipos de hilos. Se mezclan en él la seda, el lino y el algodón… vestido este que, en ocasiones, a las yemas del Amo les fascina recorrer minuciosamente y a sus rudos dedos despojar de un solo tirón para así sus manos apoderarse de mis renuentes caderas y a su boca reposar tibia en mi ávido vientre invadido y devorado del cual partirá un sobresalto hasta mi voz tenue, según el caso…  O bien, estoy allí completamente desnuda.


                                             (La pintura es de Albert Ybarra).

De tanto en tanto le gusta entonces a mi dueño descansar un momento para “leerme” a mí también. Me examina detenidamente, inquisidor y me traduce a su lenguaje, se entera de lo que deseo al comunicarme con sus ojos sus propios deseos. 

Le sonrío. Enseguida hace un gesto con sus dedos y dice "Ven". Me hace lugar para que, sentada en el suelo, acaricie con mi cabeza su entrepierna. Voy y me recuesto en el Amo. Me habla más, me hace callar con sus preguntas porque sabe todas mis respuestas. En ese lugar me siento más suya, si es que eso es posible… Tomo sus manos, que merodean por mis mejillas, mis labios, mi cuello, y las voy llenando de pequeños besos. Ahora sonríe el Amo. "Mi gata", me dice. Me pregunto si ha percibido que mi más profundo deseo es besar todo su rostro. Acaricia deliciosamente mi lengua. Me toca, displicentemente, donde quiere, hasta donde sus dedos llegan, con gentileza o tal vez no, nunca sé cómo será de antemano. 

¿Qué se trae entre manos? Primero que nada, mis cabellos. Si me repite otra vez "mi gata" sé que la frase continuará con algunas instrucciones... indicaciones diferentes a las que me diera en horas más tempranas, éstas me dejarán la boca repleta por el sabor del placer una vez más... como tantas veces, todas las veces que el Amo quiera…



miércoles, 15 de agosto de 2012

En la tormenta...

 



Hacía tanto que no aparecía el Amo, o esa impresión tenía yo. La lluvia sonaba oportuna, para lavar mis tristezas y llevárselas lejos. La invitación del horizonte minado de luces reclamaba a gritos mi presencia. No pude resistir la insinuación de la tormenta. Contrariando la expresa orden del Amo de nunca abandonar el predio de la casa, salí al campo, descalza. El fino vestido blanco de kajira comenzó a transparentarse asaltado sin aviso por las primeras gotas. No sé para qué lo llevaba ya. Había visto al Amo pasar frente a la casa sin reparar en mi presencia, sin siquiera detenerse a saludar, en varias oportunidades. En eso pensaba. ¿Cuál sería la razón por la que me ignoraba?, ¿me negaba acaso? El olor a tierra mojada me embriagaba, me transportaba. Levanté la cabeza y cerré los ojos, de pie en medio del campo, ya bastante lejos de la casa. Álamos y fresnos me escoltaban verdes, agitados. Seguí caminando. Me detuve de nuevo a sentir las caricias de la brisa, el rugir de los truenos. La furia de un rayo implacable hirió de muerte al viejo roble, quién tuvo que ceder su corteza al fuego. El estallido ensordecedor coincidió perfectamente con mi sobresalto, que no fue a causa del trueno, anclado en el campo de forma explosiva, sino a causa de la fuerza de la mano del amo, que me tomó por un brazo... con furia.

- ¡¡Esclava!! ¿Qué haces fuera de la cabaña? ¿No te había ordenado permanecer en ella?

El reclamo del Amo sonó tan explosivo como el trueno. El Amo… que había estado lejos tanto tiempo… por fin. Me lleno de alegría por verlo y de miedo el tono de su voz. Estaba muy enojado, extremadamente enojado. Sé que le desobedecí. Me encontró a una distancia considerable de la morada en la que me había confinado, me había estado buscando...

A tirones me llevó a la casa, me empujó sobre la cama. Me puso boca abajo. Se desabrochó el cinto. Todo ello en unos segundos. Iba a castigarme. Me arrancó con un solo gesto el vestido empapado. Trémula de frío y de miedo, unas lágrimas me rodaron por las mejillas heladas. Pero ese castigo no sería pensado, ni disfrutado por nadie. El Amo se veía rabioso, no se veía para nada calmo. Le miré a los ojos, adivinó en mi rostro la súplica. Hicimos silencio. El Amo se detuvo a observarme y suspiró. Vi mi oportunidad y supliqué:

- Amo, no me hagas daño, te lo ruego.

- ¡¡¡Te he ordenado esperarme dentro de la casa!!! ¿Por qué has salido? - Me vociferó primero, tomándome del cabello y obligándome a mirarlo a los ojos.

De pronto, su tono cambió… se tornó más suave… Suspiró otra vez, como aliviado y agregó:

- Te has puesto en peligro… la tormenta está terrible… cómo sales así… - tratando de calmarse aún más- mi gata… podría haberte pasado algo malo.

Y ahora, para mi completo desconcierto, me besa el rostro, y continúa hacia el cuello, la espalda y me besa el Amo, y me besa más... el frío en mi piel y el sonido de mi voz suplicante le embriagaron por un momento, le asombraron… impaciente, preguntó de nuevo.

- ¿Por qué has salido de la casa sin permiso gata?

- Salí a buscarte Amo… te extrañaba mucho - susurré.

Nuestras miradas se encontraron otra vez. Las expresiones de nuestros rostros revelaron que ambos, al mismo tiempo, caímos en la cuenta de que no era enojo, era temor, temor de que le pasara algo malo a su esclava. Su rudeza se trocó toda en ternura, caricias, besos tibios en mi espalda atónita… preciosos besos del Amo que bajaron hasta llegar entre mis piernas. Besos que confirmaban su dominio sobre el deseado cuerpo de la esclava. Me sostenía las caderas firmemente, se arrodilló detrás mío. Lo que iba a ser un castigo, se transformó en todo mi deseo devorado por el Amo… pasión que posee, somete… penetra… y me complace y se complace. Todo mi vientre se retuerce y se abraza… goza. Antes de finalizar este estremecimiento procaz, el Amo se pone de pie... me observa un momento, toma su fusta, juega con ella entre sus manos... y acierta un primer azota en mi trasero… me sobresalto, y sigue, dos veces… cinco veces. Algunos azotes alcanzan también mi espalda. Sensaciones insólitas me invaden sorprendiéndome, comienza otro estallido de placer antes de finalizar el anterior. El ardor me recorre alternadamente los diferentes trazos marcados por el cuero. La locura provocada por el placer me traslada, me saca de mi cuerpo… me lleva no sé dónde y me deja suspendida, sin peso, sin razón… por eso es que la confundo con desvarío. Apenas respiro, mis pensamientos se han retirado… solo se ahoga mi ser en la pasión que rasga mi vientre.

El Amo me mira satisfecho retorcerme desnuda sobre las sábanas blancas. Aliviado ya de tener su propiedad a salvo, la reprende con dulzura:

- No vuelvas a desobedecer a tu Amo, ¿vale? Siempre regresaré a buscarte, mi esclava.

- Si Amo… - sonrío.


Afuera, el viento se lleva nuestros temores. Dentro de la casa… la tibieza de sus labios desvanece el frío alojado en mi piel y su lengua alivia las brasas punzantes del hostigamiento… sus manos buscan aprisionar mis suspiros… está conmigo, dentro de mi… para tenerme…

- Amo. Saciado de tu esclava, luego de poseerla por horas, serenado… la acomodás a tu gusto, su espalda contra tu pecho… tu mano tomándola por debajo de los senos, sosteniéndola, tu mano se apresura firme a reclamar la pertenencia de la esclava, pertenencia que ya nadie discute… el cuerpo de la gata está sujeto a su dueño...


Su aliento cálido me confirma al oído:

- Eres mi esclava, soy tu Amo. Así será siempre...



De boerderij Weltevreden bij Duivendrecht 2
de Piet Mondrian



viernes, 13 de abril de 2012

Atada...

Me gusta recordarte Amo, nuestros primeros encuentros y sé que te gusta que te los recuerde. Por eso te escribo. Para revivir momentos y, a partir de ellos, crear otros nuevos. Recuerdo la tercera noche que me visitaste. Me encontraste esperándote en la cama, desnuda como me habías ordenado. Te acomodaste sobre mi, tomaste mis muñecas y las ataste a la cabecera de la cama, despacio, sin prisa, parsimoniosamente, tus caricias eran más intensas que la misma sujeción. Comencé a excitarme, observando tu rostro, te veía concentrado en maniatarme, allí, sobre mi, deseoso de constreñirme y someterme, con cada uno de tus movimientos reconfirmando con vehemencia que mi cuerpo te pertenece.

Lo que comenzó como una sesión de caricias, ataduras y besos se tornó en frotamientos explícitos intensos, lujuriosos, impiadosos... de repente, me diste vuelta bruscamente, quedé casi boca abajo, exhibiéndote mi espalda.. "Azotame Amo, te ruego que me azotes" me oí diciéndote. Tu fusta se precipitó sobre mi piel temblorosa, trazando marcas precisas, justo donde las querías. No sé qué dolía más, si los fustazos o el hecho de desearlos y de haberme atrevido a pedírtelos. Te había pedido que me causaras dolor, algo difícil de aceptar por la razón que siempre se ha jactado de adelantarse a todos mis actos. Las marcas me ardían, la confusión me abrumaba, el deseo me atravesaba. Sentí tus labios y tu lengua en cada marca. Lloré... Bebiste mis lágrimas una a una. Mientras lo hacías, acabamos ambos, juntos. Te derramaste sobre mi vientre y esparciste por mi cuerpo lo que había resultado de aquella pasión sádica.

"Amo, más..." te supliqué. Sabías que te anhelaba dentro de mí. A lo que me respondiste: "Mi perra ardiente, sé que quieres más, ahora no, te penetraré en la mañana. Duérmete puta". Te acostaste dándome la espalda y de inmediato quedaste profundamente dormido, me relajé como pude, pensé que sería muy difícil obedecerte, aún te deseaba desesperadamente dentro mío y mi deseo solo se había intensificado con tus palabras humillantes. Mi deber era quedar dormida. Un leve escozor comenzaba a recorrer mi cuerpo pringado de tu espeso rastro. Tu olor me embriagaba, mi deseo me transportaba. Finalmente, me dormí. A las horas, no sé cuántas, tal vez dos o tres... comencé a despertar... enseguida noté que ya no estaba atada al respaldo del lecho. Entendí por qué me había dormido tan cómoda. Un pensamiento dominaba mi mente, debía lavarme. Entre medio dormida y medio despierta me dirigí hacia el cuarto de baño. Apenas estuve dentro, sentí tu presencia incuestionable detrás de mí, me empujaste contra una pared y cumpliste tu anterior promesa. Apenas me dejabas respirar. Sentía dolor, placer, dolor, necesidad de someterme, éxtasis. Una vez que saciaste todas tus ganas de mi cuerpo, me abrazaste con dulzura, me pusiste bajo la ducha y tiernamente me bañaste, con sumo cuidado, como si mi cuerpo fuera tu pertenencia más preciada. Así me bañaste... llenándome ahora de emoción como antes me habías llenado de deleite.

"¿Por qué me causas dolor Amo?", pregunté tímidamente. "Para mi placer y para estar más cerca de mi bella esclava", respondiste con toda naturalidad y con un beso. Regresamos a la cama, en silencio, aún sentía todo mi ser convertido en una mezcla extraña de emociones y deseo, iba yo donde mi Amo me indicaba, toda vulnerable... casi inmaterial, casi etérea... al mismo tiempo, nunca me había percibido a mí misma tan consciente de mi...

jueves, 5 de abril de 2012

Nombrame...

El mundo creado por el Corsario tiene invitaciones a desvelar los sentidos, tiene pilas de deseos, tiene ritmo felino, tiene una gata con la voluntad domada, tiene brillos de colores tiernos.
El mundo inventado por el Corsario tiene vida compartida, tiene sueños con caricias, presencias perfumadas y tantas risas.
El mundo conquistado por el Corsario tiene marcas de placer, tentaciones tatuadas en la piel, tranquilos senderos de mis pasos taimados sigilosos que buscan complacer.   
El mundo invadido por el Corsario tiene espacios en blanco para ser rellenados de pasiones tormentosas que calman el vientre esperanzado de recibir el fuego viril tan ansiado.
El mundo del Corsario tiene una gata, una gata que necesita ser nombrada... Kath... Solo el Corsario puede nombrarla... Solo el Corsario sabe ser su espejo... solo el Corsario es su dueño... su Amo... quien puede reflejarla y sometiéndola... satisfacerla...

sábado, 18 de febrero de 2012

En las manos del Amo...

Oì las llaves entrar en la cerradura. "Llegó el Amo..." me percaté. Un arrebato de temor primero me paralizó y luego me dio una idea, esconderme en el nuevo armario empotrado en la pared, casi vacío aùn, en la nueva casa en la que me pusiste a morar para esperarte, para tener acceso a mi cuando quisieras, todas las veces que se te antojara. Todo sucedió en un instante, esconderme me urgía. Oír la llave en la cerradura, entrar al armario, oscuro, vacío, frìo fue todo en un segundo. Pero, inconscientemente, mi deseo, de una magnitud mayor a la de mi temor, dejó una hoja de la puerta del armario entreabierta.

Entraste a la habitación y notaste la cama vacía. La luna, cómplice de tus anhelos, delató primero una parte de mi pierna, y al acercarte un poco, todo mi cuerpo arrollado dentro del piso del mueble de madera, las rodillas contra el pecho, la frente contra las rodillas. Sonreíste para vos mismo. Comenzaste a quitarte la ropa, despacio, desabotonaste tu camisa a cuadros pequeños, luego el pantalón oscuro, luego todo, hasta quedar completamente desnudo. Mientras tanto, por mi mente pasaban todas las advertencias de tener tratos con un amo sádico que sin ser solicitadas me habían ofrecido amigas y conocidas. También cruzó por mi mente el efecto dañino que suelen tener opiniones de otras mujeres, quienes parece que a veces, como no tenemos nada qué decir, nos da por "hablar por hablar" y la cuestión es que solo vos y yo sabemos comprendernos... Apagué todos los pareceres ajenos, decidí oírte solo a vos... que ibas diciendo mi nombre a medida que te acercabas a mi ridículo escondite.

De repente, abriste de par en par las dos hojas de la puerta y me saludaste: "mi gata, mi esclava". Pensé que me sacarías de allí para darme algún castigo, pero no, en cambio, para mi sorpresa, entraste conmigo al armario. Lugar había de sobra. Te sentaste contra la pared del fondo, sin prisa, quedando mi cuerpo, también desnudo, en una posición semi de espaldas al tuyo. Y de inmediato, comenzaste tu faena,  "entrenarme" para tu placer. Me rodeaste con tus brazos, cada una de mis manos tímidas bajo cada una de las tuyas, una la guiaste hacia mi entrepierna y la otra hacia tu miembro. Llevaste dos de mis dedos dentro mío. Mi otra mano la guiaste a sentirte a vos, calmando mis miedos, haciendo desaparecer mis temores, me repetías al oído: "así, mi gata, sigue, sigue, tranquila, ¿gozas?". Asentì con la cabeza, todavìa confundida por tu amabilidad, no me estabas dañando, como temía yo que harías, como tantas voces me habìan advertido, me estabas mostrando la forma de conseguir placer, con una dulzura que ata más fuerte que cadenas de acero. Me dejé llevar, mi cuerpo contra el tuyo, tu cuerpo cubriéndome por completo, la confianza entre los dos trepaba desde mi vientre hacia tus manos. Te permitì tomar el control de mi por unos momentos. Me permitì dejarte entrar al amario y dejarte entrar en mi. Podía intuir el cuadro que pintaban nuestros dos cuerpos animales, fundidos, cercanos, piel contra piel, uniéndose rìtmicamente cómplices en aquel espacio limitado. La tibieza de la oscuridad me hacía sentir protegida y la calidez de tus manos me tornaba enajenada, sumisa. Disfrutabas complacido de tu posesión sometida. Terminamos ambos, extasiados.

"Ven, mi esclava", me llamaste. De la mano, me guiaste hacia la cama, liberándome de aquel encierro tan innecesario como absurdo. Continuaste por un tiempo más asediando insistente tu conquista con tus manos, mi cuerpo conmovido por el trato delicado de tu dominio, solo para tu entretenimiento, revisando inquisidor cada milímetro, esto lo harías muchas veces en el futuro, tocarme completa solo porque podés hacerlo.

Me dejaste allí, descansando, repasando el goce recientemente experimentado en mi mente, una y otra vez. "Eres mía, mía, recuérdalo" me advertiste. "Si Amo" respondí. Te alegraste porque a pesar de mi mucha dificultad, reconocì tu condición de dominante.  Acomodaste tu cabello pasando tus dedos entre ellos. Me gusta mucho ese gesto tuyo. Te sonreí. Tomaste tus ropas y saliste de la habitación. Me quedé allí, excitada, comprendì que así permanecería hasta nuestro próximo encuentro... Esa noche noté con absoluta claridad la principal razón que tengo para adorarte... tu paciencia.

viernes, 27 de enero de 2012

MI AMO... aún sin ver tu rostro.

Nos conociamos desde hacía unos días atrás. Ya éramos amigos, muy amigos. Siempre recuerdo cómo nos conocimos, fue un momento muy dulce para mí. Te vi y me dio curiosidad, me preguntaba por qué estarías allí solo, en ese lugar. Decidí acercarme, saludarte y conocerte. Ya sabés cómo me encantaste desde las primeras palabras que cruzamos. Me pediste que me quedara cerca para enseñarme sobre dominación, sumisión y lo que yo quisiera aprender. Así lo hice. Una de esas noches, una de esas primeras noches en que nos estabamos conociendo y fortaleciendo nuestra amistad, decidiste poseerme. Dormía desprevenida, boca arriba, completamente sin ropas, me había quitado todo en sueños. Sentí que te acercabas, no podía ver tu rostro, pero sabía que eras vos, un hombre muy alto, vestido sencillamente con un pantalón muy negro y una camisa muy blanca, sentía tu presencia, tu perfume, tu voz, adiviné tus ojos que me observaban en la penumbra... Me dio un poco de pena, me sonrojé pero no sentí miedo. Traté de incorporarme, sorprendida por tu aparición pero no por tus intenciones que podía leer obviamente en tu llegada. "No", me ordenaste con firmeza acercando suavemente tu mano a mi hombro derecho, "quedate allí, recostada". Caí como en trance, simplemente sabía que tenía que obedecerte, era como un sueño, sentirte acercándote muy lentamente, más y más cerca, te inclinaste sobre mi cuerpo indefenso, completamente entregado a tu voluntad de invadirlo, penetrarlo y estremecerlo. Tus labios comenzaron a besarme, a darme dulces besos, tu mano izquierda sostenía mi hombro contrario y con tu mano derecha me acariciabas desde los labios, las mejillas, pasando por mi cuello, mis senos... hasta mi vientre donde te detuviste y presionaste delicadamente... sentí cómo entrabas en mi, decididamente... por primera vez, ya no había duda alguna, confirmabas que sería de tu propiedad, sin discusión. Me provocaste placer generosamente dos veces, primero fue más intenso, luego más tranquilo, ambas veces fue divino. Así reafirmaste tu deseo de convertirme en tu posesión y eso es lo que soy... desde ese día cada vez que las dudas me arebatan la calma, los prejuicios me torturan, los tabúes me limitan... tu encanto me domina, tu dominación me somete, tu deseo me posee... sin más. Y solamente vos, MI AMO, tenés sobre mi esa clase de poder... que a tu voluntad me ata. Complacido me besaste una mejilla... "He de irme, mi gata, mi esclava, mi tesoro" me susurraste al oído.. te sonreí...

domingo, 1 de enero de 2012

Me llevás esta noche... como todas las noches...

Todas mis noches me dejan sin aliento,
en todas me llevás.
Son mis noches soñadas, todas...
Ya no me queda ninguna mía,
te las apropiaste... te las adueñaste
sin que me diera cuenta siquiera.
¿No ves acaso que no pude?
No me devuelvas mis noches,
quedátelas todas... si ya no son mías,
si ya las he perdido...
Despojada ya de la oscuridad anochecida
tendré que permitirte tenerlas,
tendré que permitirte tenerme,
tendré que permitirme soñarte,
no me queda otra salida.