Oì las llaves entrar en la cerradura. "Llegó el Amo..." me percaté. Un arrebato de temor primero me paralizó y luego me dio una idea, esconderme en el nuevo armario empotrado en la pared, casi vacío aùn, en la nueva casa en la que me pusiste a morar para esperarte, para tener acceso a mi cuando quisieras, todas las veces que se te antojara. Todo sucedió en un instante, esconderme me urgía. Oír la llave en la cerradura, entrar al armario, oscuro, vacío, frìo fue todo en un segundo. Pero, inconscientemente, mi deseo, de una magnitud mayor a la de mi temor, dejó una hoja de la puerta del armario entreabierta.
Entraste a la habitación y notaste la cama vacía. La luna, cómplice de tus anhelos, delató primero una parte de mi pierna, y al acercarte un poco, todo mi cuerpo arrollado dentro del piso del mueble de madera, las rodillas contra el pecho, la frente contra las rodillas. Sonreíste para vos mismo. Comenzaste a quitarte la ropa, despacio, desabotonaste tu camisa a cuadros pequeños, luego el pantalón oscuro, luego todo, hasta quedar completamente desnudo. Mientras tanto, por mi mente pasaban todas las advertencias de tener tratos con un amo sádico que sin ser solicitadas me habían ofrecido amigas y conocidas. También cruzó por mi mente el efecto dañino que suelen tener opiniones de otras mujeres, quienes parece que a veces, como no tenemos nada qué decir, nos da por "hablar por hablar" y la cuestión es que solo vos y yo sabemos comprendernos... Apagué todos los pareceres ajenos, decidí oírte solo a vos... que ibas diciendo mi nombre a medida que te acercabas a mi ridículo escondite.
De repente, abriste de par en par las dos hojas de la puerta y me saludaste: "mi gata, mi esclava". Pensé que me sacarías de allí para darme algún castigo, pero no, en cambio, para mi sorpresa, entraste conmigo al armario. Lugar había de sobra. Te sentaste contra la pared del fondo, sin prisa, quedando mi cuerpo, también desnudo, en una posición semi de espaldas al tuyo. Y de inmediato, comenzaste tu faena, "entrenarme" para tu placer. Me rodeaste con tus brazos, cada una de mis manos tímidas bajo cada una de las tuyas, una la guiaste hacia mi entrepierna y la otra hacia tu miembro. Llevaste dos de mis dedos dentro mío. Mi otra mano la guiaste a sentirte a vos, calmando mis miedos, haciendo desaparecer mis temores, me repetías al oído: "así, mi gata, sigue, sigue, tranquila, ¿gozas?". Asentì con la cabeza, todavìa confundida por tu amabilidad, no me estabas dañando, como temía yo que harías, como tantas voces me habìan advertido, me estabas mostrando la forma de conseguir placer, con una dulzura que ata más fuerte que cadenas de acero. Me dejé llevar, mi cuerpo contra el tuyo, tu cuerpo cubriéndome por completo, la confianza entre los dos trepaba desde mi vientre hacia tus manos. Te permitì tomar el control de mi por unos momentos. Me permitì dejarte entrar al amario y dejarte entrar en mi. Podía intuir el cuadro que pintaban nuestros dos cuerpos animales, fundidos, cercanos, piel contra piel, uniéndose rìtmicamente cómplices en aquel espacio limitado. La tibieza de la oscuridad me hacía sentir protegida y la calidez de tus manos me tornaba enajenada, sumisa. Disfrutabas complacido de tu posesión sometida. Terminamos ambos, extasiados.
"Ven, mi esclava", me llamaste. De la mano, me guiaste hacia la cama, liberándome de aquel encierro tan innecesario como absurdo. Continuaste por un tiempo más asediando insistente tu conquista con tus manos, mi cuerpo conmovido por el trato delicado de tu dominio, solo para tu entretenimiento, revisando inquisidor cada milímetro, esto lo harías muchas veces en el futuro, tocarme completa solo porque podés hacerlo.
Me dejaste allí, descansando, repasando el goce recientemente experimentado en mi mente, una y otra vez. "Eres mía, mía, recuérdalo" me advertiste. "Si Amo" respondí. Te alegraste porque a pesar de mi mucha dificultad, reconocì tu condición de dominante. Acomodaste tu cabello pasando tus dedos entre ellos. Me gusta mucho ese gesto tuyo. Te sonreí. Tomaste tus ropas y saliste de la habitación. Me quedé allí, excitada, comprendì que así permanecería hasta nuestro próximo encuentro... Esa noche noté con absoluta claridad la principal razón que tengo para adorarte... tu paciencia.