Hacía tanto que no aparecía el Amo, o esa impresión tenía yo. La lluvia sonaba oportuna, para lavar mis tristezas y llevárselas lejos. La invitación del horizonte minado de luces reclamaba a gritos mi presencia. No pude resistir la insinuación de la tormenta. Contrariando la expresa orden del Amo de nunca abandonar el predio de la casa, salí al campo, descalza. El fino vestido blanco de kajira comenzó a transparentarse asaltado sin aviso por las primeras gotas. No sé para qué lo llevaba ya. Había visto al Amo pasar frente a la casa sin reparar en mi presencia, sin siquiera detenerse a saludar, en varias oportunidades. En eso pensaba. ¿Cuál sería la razón por la que me ignoraba?, ¿me negaba acaso? El olor a tierra mojada me embriagaba, me transportaba. Levanté la cabeza y cerré los ojos, de pie en medio del campo, ya bastante lejos de la casa. Álamos y fresnos me escoltaban verdes, agitados. Seguí caminando. Me detuve de nuevo a sentir las caricias de la brisa, el rugir de los truenos. La furia de un rayo implacable hirió de muerte al viejo roble, quién tuvo que ceder su corteza al fuego. El estallido ensordecedor coincidió perfectamente con mi sobresalto, que no fue a causa del trueno, anclado en el campo de forma explosiva, sino a causa de la fuerza de la mano del amo, que me tomó por un brazo... con furia.
- ¡¡Esclava!! ¿Qué haces fuera de la cabaña? ¿No te había ordenado permanecer en ella?
El reclamo del Amo sonó tan explosivo como el trueno. El Amo… que había estado lejos tanto tiempo… por fin. Me lleno de alegría por verlo y de miedo el tono de su voz. Estaba muy enojado, extremadamente enojado. Sé que le desobedecí. Me encontró a una distancia considerable de la morada en la que me había confinado, me había estado buscando...
A tirones me llevó a la casa, me empujó sobre la cama. Me puso boca abajo. Se desabrochó el cinto. Todo ello en unos segundos. Iba a castigarme. Me arrancó con un solo gesto el vestido empapado. Trémula de frío y de miedo, unas lágrimas me rodaron por las mejillas heladas. Pero ese castigo no sería pensado, ni disfrutado por nadie. El Amo se veía rabioso, no se veía para nada calmo. Le miré a los ojos, adivinó en mi rostro la súplica. Hicimos silencio. El Amo se detuvo a observarme y suspiró. Vi mi oportunidad y supliqué:
- Amo, no me hagas daño, te lo ruego.
- ¡¡¡Te he ordenado esperarme dentro de la casa!!! ¿Por qué has salido? - Me vociferó primero, tomándome del cabello y obligándome a mirarlo a los ojos.
De pronto, su tono cambió… se tornó más suave… Suspiró otra vez, como aliviado y agregó:
- Te has puesto en peligro… la tormenta está terrible… cómo sales así… - tratando de calmarse aún más- mi gata… podría haberte pasado algo malo.
Y ahora, para mi completo desconcierto, me besa el rostro, y continúa hacia el cuello, la espalda y me besa el Amo, y me besa más... el frío en mi piel y el sonido de mi voz suplicante le embriagaron por un momento, le asombraron… impaciente, preguntó de nuevo.
- ¿Por qué has salido de la casa sin permiso gata?
- Salí a buscarte Amo… te extrañaba mucho - susurré.
Nuestras miradas se encontraron otra vez. Las expresiones de nuestros rostros revelaron que ambos, al mismo tiempo, caímos en la cuenta de que no era enojo, era temor, temor de que le pasara algo malo a su esclava. Su rudeza se trocó toda en ternura, caricias, besos tibios en mi espalda atónita… preciosos besos del Amo que bajaron hasta llegar entre mis piernas. Besos que confirmaban su dominio sobre el deseado cuerpo de la esclava. Me sostenía las caderas firmemente, se arrodilló detrás mío. Lo que iba a ser un castigo, se transformó en todo mi deseo devorado por el Amo… pasión que posee, somete… penetra… y me complace y se complace. Todo mi vientre se retuerce y se abraza… goza. Antes de finalizar este estremecimiento procaz, el Amo se pone de pie... me observa un momento, toma su fusta, juega con ella entre sus manos... y acierta un primer azota en mi trasero… me sobresalto, y sigue, dos veces… cinco veces. Algunos azotes alcanzan también mi espalda. Sensaciones insólitas me invaden sorprendiéndome, comienza otro estallido de placer antes de finalizar el anterior. El ardor me recorre alternadamente los diferentes trazos marcados por el cuero. La locura provocada por el placer me traslada, me saca de mi cuerpo… me lleva no sé dónde y me deja suspendida, sin peso, sin razón… por eso es que la confundo con desvarío. Apenas respiro, mis pensamientos se han retirado… solo se ahoga mi ser en la pasión que rasga mi vientre.
El Amo me mira satisfecho retorcerme desnuda sobre las sábanas blancas. Aliviado ya de tener su propiedad a salvo, la reprende con dulzura:
- No vuelvas a desobedecer a tu Amo, ¿vale? Siempre regresaré a buscarte, mi esclava.
- Si Amo… - sonrío.
Afuera, el viento se lleva nuestros temores. Dentro de la casa… la tibieza de sus labios desvanece el frío alojado en mi piel y su lengua alivia las brasas punzantes del hostigamiento… sus manos buscan aprisionar mis suspiros… está conmigo, dentro de mi… para tenerme…
- Amo. Saciado de tu esclava, luego de poseerla por horas, serenado… la acomodás a tu gusto, su espalda contra tu pecho… tu mano tomándola por debajo de los senos, sosteniéndola, tu mano se apresura firme a reclamar la pertenencia de la esclava, pertenencia que ya nadie discute… el cuerpo de la gata está sujeto a su dueño...
Su aliento cálido me confirma al oído:
- Eres mi esclava, soy tu Amo. Así será siempre...
De boerderij Weltevreden bij Duivendrecht 2
de Piet Mondrian

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